
Viajar por España, cerrar etapa en Japón y volver a Barcelona.
Aproximadamente un mes después de llegar a Barcelona, cuando los trámites quedaron más o menos encarrilados, viajamos a Gran Canaria y a San Sebastián. Ya escribí antes sobre aquel viaje, pero tanto el atardecer que vimos hundirse al otro lado del mar mientras recorríamos la isla en coche de alquiler como las tapas y la tarta de queso de San Sebastián, donde en tres días pasamos por unos quince locales, fueron realmente maravillosos. Aun así, lo que más sentí al volver fue que el clima de Barcelona tiene, sin duda, algo distinto.
Quería seguir sintiendo este clima, pero había algo que tenía que hacer sin falta, y debía marcharme de Barcelona por un tiempo. No me apetecía nada. Tenía que volver a Japón.
Mi mujer y yo habíamos venido pensando que primero había que resolver el piso de Barcelona y todo lo relacionado con el visado, así que los asuntos de Japón los habíamos dejado prácticamente abandonados. Dejar el piso que teníamos alquilado, ordenar nuestras cosas, otros trámites, ver a gente a la que hacía tiempo que no veíamos, organizar el trabajo. Había bastante que hacer y, después de hablarlo, decidimos volver a Japón durante un mes. Justo cuando por fin empezaba a hacer calor y el verano se acercaba de verdad; además, decían que la torre de Jesucristo de la Sagrada Familia estaba a punto de terminarse. En Barcelona había muchos acontecimientos que prometían, pero este año renunciamos a ellos por el momento y volvimos a Japón.
En Japón estaba a punto de empezar la temporada de lluvias de principios de verano; no había cielos azules como en Barcelona, sino nubes espesas que cubrían el cielo con un gris pesado, y hacía un tiempo fresco y, a la vez, algo bochornoso. En el avión había ido pensando en todo lo que teníamos que hacer durante ese mes y organizando el calendario, pero me parecía demasiado apretado para un solo mes y, para ser sincero, me entraban ganas de huir en ese mismo instante. Pero, al mismo tiempo, poder leer lo que estaba escrito y que me entendieran al hablar me resultaba, de algún modo, muy reconfortante.
Lo primero que quería hacer al volver a Japón era comer. Fuimos a nuestro restaurante de sushi de siempre, a nuestro local de yakiniku (carne a la parrilla al estilo japonés) de siempre, y en general a comer toda esa comida japonesa que en Barcelona echábamos de menos. Por el camino me di cuenta de que en Japón la comida se ha convertido en una forma de entretenimiento, y de que se respira un ambiente en el que la gente intenta aliviar como puede, comiendo, el estrés que acumula en una sociedad muy estresante. Nosotros, claro, también: caminar por paisajes conocidos no nos levantaba mucho el ánimo, y cuando pensábamos en hacer algo para distraernos, lo primero que se nos ocurría era comer. Quizá lo sentimos así porque en Japón no tenemos una cocina donde poder cocinar como en Barcelona, y no nos quedaba más remedio que comer fuera todos los días. Pero, de alguna manera, los dos lo pensamos.
Las dos primeras semanas estuvimos en Kioto. En realidad queríamos ir a Okinawa, pero había motivos por los que teníamos que quedarnos en Kioto sí o sí, y esta vez pasamos allí esas dos semanas casi sin salir a ningún sitio. Lo que teníamos que hacer en Kioto era ordenar las cosas del piso que teníamos alquilado, ver a la familia y ocuparnos de algunos trabajos.
Creíamos que en nuestro pequeño estudio solo teníamos lo mínimo, pero al ponernos a recoger resultó que había más cosas de las que pensábamos. Como allí ni las normas ni el ambiente son como en Barcelona, donde puedes tirarlo todo al contenedor de delante de casa, tuvimos que hacer varios viajes en coche a la planta de tratamiento de residuos. Decidir qué hace falta y qué no también consume bastante energía. Fuimos decidiendo entre los dos, mi mujer y yo —esto sí, esto no—, a veces discutiendo un poco.
Buscamos cafeterías para trabajar fuera, pero en Kioto las cafeterías donde se puede trabajar tranquilo se cuentan con los dedos de una mano, y cuando están llenas es difícil encontrar otro sitio. Y cuando lo encontrábamos, el aire acondicionado estaba tan fuerte que hacía frío, y si salíamos por el frío, fuera hacía un bochorno que impedía trabajar; así que pasamos días trabajando en los andenes del metro, unas horas en cada uno, mientras íbamos cambiando de tren.
Mientras recogíamos el piso, mi mujer dijo: «En este piso no tenemos muchos recuerdos, pero como dejamos nuestra casa y alquilamos solo este estudio, pudimos viajar a muchos sitios, vivir en hoteles, vivir en una autocaravana y venir a vivir a Barcelona. Visto así, este piso sí que guarda recuerdos».
«Es verdad. Puede que aquella decisión no fuera un error», le dije.
Cuando acabábamos de casarnos, no teníamos ningún piso alquilado en Japón, no trabajábamos en ningún sitio y no teníamos ataduras ni contactos. Así que de verdad podíamos vivir donde quisiéramos y hacer lo que quisiéramos. Tokio, Kanagawa, Kioto, Osaka, Fukuoka y Okinawa: los sitios donde habíamos vivido hasta entonces. Hablamos días y días y sacamos candidatos, pero no éramos capaces de decidirnos, y seguimos yendo de alojamiento barato en alojamiento barato, pensando dónde vivir y por qué. Aquel día, por casualidad, dormíamos en un hotel de Kioto e íbamos a ir en tren a Hirakata, en Osaka. Por el camino nos entró hambre y, mientras comíamos en la estación donde nos bajamos, vimos que al lado había una inmobiliaria. Entramos sin más, casi por impulso, a preguntar si podían buscarnos casa, y así acabamos alquilando un piso por allí cerca. Si nos preguntábamos por qué íbamos a vivir en un sitio así, no encontrábamos ninguna razón. Así que dejamos de preguntárnoslo, nos dejamos llevar por la corriente y decidimos empezar una nueva vida.
Kansai, la región de Kioto y Osaka, era donde yo había pasado mi infancia. Estaba cerca del centro de Kioto y mis padres vivían no muy lejos, así que quizá en algún rincón de mi mente pensaba que podrían echarnos una mano cuando empezáramos algo. De hecho, cuando necesitamos coche, mi padre nos prestó el que no usaba, y mi madre nos enseñó muchas cosas de una zona que no conocíamos. También es cierto que a mis padres les tranquilizaba tenernos cerca.
Nosotros, en cambio, nos mudamos y no teníamos trabajo. Empezamos a buscar como pudimos, encontrábamos ofertas de trabajos a tiempo parcial o de empleos fijos, nos presentábamos, e incluso llegamos a trabajar. Pero había sitios en los que no encajábamos de ninguna manera, y en alguno lo dejamos a las dos semanas. Días difíciles, uno tras otro: así empezó nuestra vida de casados. Aun así, incluso entonces, salíamos como podíamos y, paseando por un parque cercano, hablábamos los dos del futuro. Cada una de esas palabras era un apoyo para el otro. Pero ese futuro del que hablábamos estaba tan lejos de lo que éramos entonces que muchas veces nos veníamos abajo. En medio de aquellos paseos al atardecer, entramos un día en una cafetería, y eso acabaría cambiando por completo nuestra vida. Y eso es lo que nos ha traído hasta hoy. Desde un lugar que jamás habríamos podido imaginar llegan posibilidades y encuentros inesperados, y la vida cambia. Mecido por el tren de la línea Keihan, saboreé despacio este lugar donde viví ese milagro. Así fue, esta vez, el trayecto.
Han pasado cuatro años desde entonces, y aquí está el hoy. Nos desprendimos de casi todo lo que llenaba este pequeño piso, y fuimos recogiendo las cosas que guardaban cuatro años de recuerdos como si las devolviéramos, una a una, a esta tierra.
Si aquel día, en aquel momento, no hubiéramos entrado en aquella cafetería, ¿qué habría sido de nosotros? Pensarlo me da un poco de miedo. Al sentir el aire de esta zona, recuerdo lo incierto que se veía todo y la inquietud con la que vivíamos. Cuando dejemos este piso ya no tendremos aquí ninguna base, y no sé cuándo volveremos. Puede que alguna vez pasemos por aquí en tren por algún asunto, pero quizá ya nunca volvamos a bajarnos aquí para dar un paseo.
Se dice que para lograr algo hacen falta siete años. Desde el día en que pisé Barcelona por primera vez han pasado ya unos cuatro años. En tres años más, deberíamos haber asentado las bases de nuestra vida en España y haber empezado allí un nuevo reto. Siete años es muchísimo tiempo. Cuando uno acaba de empezar algo, siete años parecen tan lejanos, y la distancia entre donde está y el futuro al que aspira tan grande, que hasta llega a desanimarse. Pero en siete años la vida cambia. Lo pienso al recordar cómo éramos hace cuatro años.
Y esa oportunidad a veces llega de repente desde un lugar que ahora ni imaginamos. Algo tan simple como elegir el camino del paseo diario puede cambiarte la vida. Eso lo aprendí aquí. Si imagino, desde donde estoy ahora, cómo será dentro de siete años, me parece un futuro al que nunca podré llegar. Pero si sigues avanzando hacia él, ese futuro llega sin falta. Con esa convicción, pensé en recoger este lugar y seguir adelante.
Tras dos semanas en Kioto, pusimos rumbo a Tokio. Por el camino paramos en Yaizu, en Shizuoka, para comer sashimi en la pescadería Sasue Maeda. En el Starbucks donde nos detuvimos, la persona que nos atendió vio nuestra autocaravana y se puso a hablar con nosotros; nos contó que también había vivido en una autocaravana en Australia, y nos enrollamos hablando de autocaravanas. Pasamos por Yamanashi y Kanagawa y llegamos a Tokio. En Tokio estuvimos una semana, alojados en Akasaka y Shibuya, viendo a amigos y a gente del trabajo, sin parar.
Mirando desde el Miyashita Park una Shibuya completamente cambiada, pensé que esta ciudad está dominada por la publicidad. Mires donde mires, al fondo hay un anuncio que apunta justo hacia ti; no es un entorno donde uno pueda contemplar el cielo con calma. En Barcelona apenas hay vallas publicitarias como las de Japón, así que, después de unos dos meses en un entorno así, ver este paisaje del gran país de la publicidad me saturaba tanto de información que sentía que me iba a volver loco. Aun así, fuimos a cada uno de nuestros lugares de Tokio llenos de recuerdos. Algunos habían cambiado tanto que dudaba de si lo que ocurrió allí fue real; en otros me daba cuenta de lo ingenuos que éramos al creer que lo que pasaba allí era todo cuanto había en el mundo. Paseando por Shibuya pienso de verdad que, en cualquier época, las personas dibujan sueños y viven su vida.
Mi mujer y yo también nos conocimos en Tokio. Hasta entonces, cada uno vivía en un rincón de esta gran metrópolis, intentando como podía mejorar su vida, solos y a la vez felices. Tenemos la misma edad, así que lo que ocurría en esta ciudad a principios de nuestros veinte —las modas, los sueños y las fantasías de entonces— coincide exactamente. Caminar por Tokio hablando de ello es algo que no ha cambiado nada desde que nos conocimos. Pasando los días en Tokio como siempre, durante el día trabajábamos en cafeterías dentro de edificios de oficinas, mirando a la multitud bien vestida que iba a su oficina.
También vimos a los padres de mi mujer; les contamos cómo nos iba en Barcelona, les enseñamos las fotos que habíamos ido haciendo y les dijimos que vinieran a Barcelona aunque fuera una vez, y después nos fuimos a Osaka. La última semana la pasamos en Osaka.
Osaka, como siempre, estaba llena de turistas, sobre todo de Asia, y con el calor húmedo el ambiente era tal que casi parecía el Sudeste Asiático. Osaka es una ciudad con una cultura muy particular dentro de Japón; no me atrae mucho vivir allí, pero para visitarla una temporada corta, de viaje, es bastante interesante. Nosotros también disfrutamos de Osaka como viajeros de paso.
Y, al cabo de un mes, volvimos a Barcelona. En Barcelona el verano ya ha empezado. Un año más ha llegado el verano mediterráneo. Fue el verano de este lugar lo que me cautivó, y por fin este año podré pasar aquí un verano largo.
¿Cómo será este verano? El año pasado, aquí en Barcelona, también fue un verano que me cambió la vida. Este año quiero que sea un verano que la cambie todavía más.