Una ciudad nueva, preocupaciones nuevas.

Una ciudad nueva, preocupaciones nuevas.

En el avión de Japón a Barcelona, mi mujer necesitaba trabajar un poco, así que pagó el wifi a bordo y se puso a ello. Entonces le llegó un correo.

Era de alguien que ni ella ni yo esperábamos. Le decía que tenían cada vez más proyectos, que estaban buscando gente y si le interesaba unirse. Quería hablar con ella, así que enseguida fijaron una reunión en línea y, ya en Barcelona, entre un Airbnb y otro mientras buscábamos piso, mi mujer habló con esa persona.

Mi mujer le contó que ahora estaba en España y a qué se dedicaba. Y aquel día todo quedó en un «Seguiremos en contacto».

Por las mismas fechas, alguien del entorno laboral de mi mujer propuso poner en marcha un nuevo proyecto. Quizá podría empezar varios trabajos nuevos sin moverse de Barcelona. Mi mujer se puso manos a la obra enseguida para hacerlo realidad.

Y aún hubo otra: casi al mismo tiempo, se puso en contacto con ella el director de una empresa con la que había trabajado hacía unos años. La empresa había crecido y quería consultarle si podría hacerse cargo de un nuevo departamento que iban a crear. Según él, si la empresa había llegado hasta ahí era porque, cuando las ventas se hundieron durante la pandemia, las medidas que mi mujer ideó y puso en práctica dieron muy buen resultado, y todavía hoy siguen funcionando.

La empresa, que entonces tenía unas pocas tiendas en la región de Kanto, alrededor de Tokio, se ha extendido hoy por todo el país. En aquel momento se trataba de recuperar las ventas perdidas, pero ahora, precisamente por haber crecido tanto, ya no veían cuál debía ser el siguiente paso. Y querían pedirle ayuda con eso.

Desde que llegamos a Barcelona, a mi mujer le cayeron tres propuestas nuevas, una detrás de otra. Sin dejar su trabajo de siempre, se puso también con ellas, y como a la vez estábamos buscando piso, abriendo una cuenta en el banco y solicitando la TIE, sus días se convirtieron en trabajar sin descanso, de día y de noche.

Sin embargo, de la persona con la que tuvo la primera reunión en línea no llegó respuesta ni después de una semana. Mi mujer le preguntó: «¿Qué ha pasado con lo que hablamos el otro día?», pero siguió sin dar señales de vida. Ahora mismo, mientras escribo esto, todavía no ha contestado.

El segundo proyecto, mi mujer lo montó ella sola, desde la planificación hasta el contenido del servicio, y lo dejó a punto de arrancar en Japón. Pero, por circunstancias de las dos personas con las que iba a lanzarlo, un contrato se atascó y, tal como estaban las cosas, no se podía empezar. Mi mujer propuso hacerlo de otra manera, pero al final los dos se retiraron, ella se quedó sola y el proyecto se quedó en nada.

La tercera propuesta la estaba hablando en serio con el director y con la persona a la que se le había ocurrido crear el departamento. Pero, a mitad de camino, la cosa fue derivando hacia que enseñara lo básico a un empleado recién salido de la universidad. Mi mujer les explicó que algo así no se enseña todo en unas pocas horas, que hay que ir haciéndolo, ver los resultados e ir mejorando. Pero le dijeron que ahora mismo no tenían recursos para tanto, y al final fue ella quien dijo que no, y esta propuesta también se desvaneció.

Se había echado encima demasiadas cosas a la vez, y el trabajo que tenía delante no dejaba de crecer. No sabía por dónde empezar. Aun así, algunos días tenía reuniones a partir de las tres de la madrugada, y por la diferencia horaria el trabajo no avanzaba como cuando estaba en Japón. Y un día mi mujer ya no fue capaz de hacer nada.

Yo no tengo la capacidad de ayudarla con su trabajo. Aunque quiera ayudarla, no puedo hacerlo directamente. Aun así, pensé si habría algo que pudiera hacer, y a lo que llegué fue a esto: ir al mar y sentarnos un rato.

Mientras caminábamos los dos hacia el mar, le pregunté cómo estaban las cosas. No supe darle ningún buen consejo. Por el camino, empezó a decir que quería dejarlo todo. Pero también decía que, si soltaba todo el trabajo, nuestra vida en Barcelona tampoco se sostendría, y que no sabía qué hacer.

Así que le dije que, por supuesto, podía dejar todo el trabajo; que lo más importante era que estuviera sana y que disfrutara de cada día. Que si aquello iba a acabar minándole el ánimo y el cuerpo, prefería que lo dejara cuanto antes y tomara otro camino.

Hubo un día en que seguimos con esa conversación sin respuesta, sentados junto al mar, durante horas y horas.

Mientras me iba contando una cosa y otra, pareció que poco a poco ordenaba lo que tenía en la cabeza. Cuando volvíamos del mar al piso, dijo: «¡No sé, hablando siento que lo he ordenado todo!». Y en la semana siguiente a aquel día resolvió todo su trabajo.

Parece que se dio cuenta de que no sirve de nada preocuparse por cosas que no dependen de una misma, y desde aquel día vuelve a vivir sus días con energía.

Yo también, cuando surge algún problema con el trabajo en Japón, a veces gasto muchísima energía solo en resolverlo, o no consigo avanzar como quisiera. Desde Barcelona, Japón se siente tan lejos que pierdo el pulso de la sociedad japonesa, esa especie de temperatura que tiene, y eso también me inquieta.

Gracias a la tecnología digital podemos trabajar sin estar atados a un lugar. Es sin duda una ventaja de nuestra época, y si podemos vivir en Barcelona es gracias a ella. Pero, al mismo tiempo, eso trae consigo otros problemas y otras preocupaciones.

Nos ilusionamos con un proyecto nuevo y no avanza. No sabemos cuándo nos quedaremos sin trabajo. Tampoco sabemos cuándo surgirá qué problema. Frente a un Japón que queda tan lejos, en un mundo que solo existe dentro de la pantalla del ordenador, sin nada tangible, pasamos los días entre alegrías y disgustos.

Si estuviéramos en Japón, o a una distancia desde la que pudiéramos volver enseguida, quizá no nos preocuparíamos tanto. Pero seguramente, estando en Japón, habría pensado otra cosa: que no podíamos seguir así. Por eso creo que esta es, para nosotros, una preocupación inevitable.

Ya en Japón intuíamos, hasta cierto punto, que si trasladábamos nuestra base a España pasaría esto. Ahora que ha ocurrido de verdad, es más duro de lo que pensaba. Aun así, tenemos que salir adelante como sea.

Las nuevas preocupaciones no son solo de trabajo.

A veces me pongo a pensar en la soledad. Por suerte vivimos los dos juntos, así que, por ahora, ninguno de los dos se siente solo. Pero la mayoría de la gente sale a trabajar y, a través de los encuentros y el trato con los demás, vive conectada con la sociedad del lugar.

En nuestro caso, por ahora casi nunca salimos a trabajar ni tratamos con nadie por trabajo. Por eso tengo todo el tiempo la sensación de que, aunque vivo aquí, contemplo la ciudad con la mirada de un espectador. Siento que, si no tomo la iniciativa, aunque viva en Barcelona, el tiempo pasará sin que apenas me relacione con esta ciudad. Eso también me preocupa un poco.

Últimamente hablo mucho de esto con mi mujer. Cuando el viento fresco de la noche nos trae de pronto estas inquietudes.

Hablándolo entre los dos, llegamos a la conclusión de que, antes que seguir trabajando siempre por completo en línea, lo mejor sería tener la parte central del trabajo de forma presencial y hacer en línea todo lo demás que se pueda: que ese equilibrio es probablemente el mejor.

Trabajar de forma presencial significa también quedar atado a un lugar. Antes teníamos la sensación de que, en cuanto nos atáramos mínimamente a un sitio, se nos reduciría el margen de movimiento, así que evitábamos en lo posible esa forma de trabajar.

Pero si hay cierta cantidad de trabajo presencial, a partir de ahí uno puede relacionarse con la gente y, sobre todo, ahí está la vida real. Por eso ahora he empezado a querer construir una manera de vivir así.

Caminando por la ciudad, sentado en una cafetería, sentado en un banco al aire libre, pienso que envidio un poco el trato entre las personas y las sonrisas que nacen de él. Yo también pido con una sonrisa en la cafetería, y en los restaurantes me esfuerzo por pedir mirando a los ojos. Hablo bastante con el propietario del piso y saludo a los vecinos.

Pero todo eso acaba de empezar, y sé que, si no doy un paso más, no podré construir relaciones profundas.

Cuando vivía en Canadá y en Australia, a principios de mis veinte, al salir del trabajo iba a bares o discotecas con gente que había conocido en mi trabajo de media jornada; quedaba en mis días libres para ir a una cafetería con alguien con quien había hecho algo de amistad; o salía de noche en coche con los compañeros del piso compartido para ir a ver las estrellas.

Cada una de las experiencias que nacieron de todo aquello me ha formado, sin duda, tal como soy hoy. Son recuerdos del pasado y, al mismo tiempo, una experiencia vital maravillosa.

Comparado con aquello, ¿cómo es ahora?

No tengo un trabajo de media jornada al que ir, ni compañeros de piso. Por supuesto, estos días soy muy feliz. Es más, creo que ahora estoy mucho mejor que antes. Pero no puedo evitar envidiar un poco las sonrisas de la gente de la ciudad, esas sonrisas que nacen del trato cotidiano en este lugar.

Aunque también pienso que he cambiado de etapa en la vida. Incluso entre los alegres españoles, los adultos de veinte o treinta años caminan por la ciudad con más calma que los estudiantes adolescentes. Todos tienen responsabilidades, intentan lograr algo y se dirigen a alguna parte.

Quizá yo también esté ahora en esa etapa. Y quizá por eso tengo preocupaciones nuevas, distintas de las de antes.

Solo he vivido unos treinta años, pero hay algo que sí sé: las preocupaciones nunca se acaban. Cuando resuelves lo que te preocupaba en su momento, enseguida surge otra preocupación nueva. Y además llega más grande que la anterior. Por eso creo que, si uno se queda atrapado solo en lo que le preocupa ahora, no avanza. Total, otra preocupación vendrá después.

Estas son mis preocupaciones tras más o menos un mes viviendo en Barcelona.

Tener un trabajo presencial. Es algo que quiero conseguir cuanto antes. Puede que sea en Barcelona, puede que en Japón o en otro país de Europa. Lo ideal sería tener varias bases, pero por ahora no quiero pensar tan lejos, sino empezar poco a poco por lo que está a mi alcance.

Tanto mi mujer como yo pasamos los días bregando con el trabajo de Japón desde una España a la que todavía no nos hemos acostumbrado. Aun así, quiero hacer lo que esté en mi mano y, si queda aunque sea un poco de margen, dedicar ese tiempo a avanzar paso a paso hacia la vida ideal que imaginamos en Barcelona.

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