
Una bolsa envuelta en cinta de carrocero y el comienzo del traslado.
Creo que fue en el verano de 2022 cuando pensé que quería vivir en Barcelona. Digo «creo» porque fue ese verano cuando vine a Barcelona por primera vez, y quizá lo pensé al pasar allí unos días. Pero puede que, en realidad, desde mucho antes, en lo más hondo de mí, ya quisiera vivir aquí.
En junio de 2022, mi mujer (que entonces todavía no lo era) y yo compramos un billete de vuelta al mundo de Star Alliance y salimos, como su nombre indica, a dar la vuelta al mundo. Con este billete no se puede cambiar la ruta libremente a mitad de viaje; hay que decidirla en el momento de comprarlo. Así que los dos estudiamos un montón de rutas posibles antes de comprarlo. Al final, acabamos recorriendo más de veinte ciudades y más de diez países, y el lugar en el que decidimos quedarnos más tiempo fue Barcelona. No recuerdo bien por qué decidimos pasar allí más tiempo que en ningún otro sitio, cuando nunca habíamos estado, ni tampoco en otros países de Europa ni en grandes ciudades como Nueva York. Solo sé que, por algún motivo, sentí que había futuro en pasar una larga temporada en Barcelona, y que así este viaje tan grandioso cobraría sentido. Al final estuvimos unos diez días, nos pareció aún más maravillosa de lo que imaginábamos, y comentábamos entre los dos que algún día nos gustaría vivir aquí.
Si me pongo a hablar de lo maravillosa que es Barcelona, no acabo nunca, pero lo que siento siempre, tanto la primera vez que vine como en todas las que he vuelto después, es, sin duda, el clima. Desde el último domingo de marzo, cuando empieza el horario de verano, hasta el último domingo de octubre, los días son larguísimos y se suceden jornadas de clima mediterráneo, de ese que a cualquier persona le resulta verdaderamente agradable. Nosotros no nos adaptamos bien al frío, ni tampoco al calor húmedo del verano japonés o del sudeste asiático. Así las cosas, solo nos quedan dos opciones: ir cambiando de lugar según la época del año en que el clima es bueno, o vivir en un sitio de clima mediterráneo.
Si hablamos de ciudades con clima mediterráneo, la lista se reduce a las de California, en Estados Unidos, Perth en Australia, Santiago de Chile o Barcelona. A Santiago no pudimos ir, pero en Marruecos conocimos a un chileno que vivía allí, pasamos unos días con él y nos lo contó. San Francisco, Los Ángeles, San Diego y Perth sí las visitamos. Después de sopesar el clima, el visado, el coste de la vida, la seguridad y demás, llegamos a la conclusión de que Barcelona era la mejor. Al volver del viaje, como habíamos dejado la casa y el trabajo, tuvimos que empezar de cero en Japón. Empezar una vida nueva desde cero es durísimo, sea cuando sea y donde sea, y mientras tanto, la idea de vivir en Barcelona se fue convirtiendo en algo así como un sueño.
Aun así, quizá en el fondo nunca renunciamos. Alquilamos un piso y empezamos a vivir en él, pero apenas compramos muebles y procuramos no acumular cosas. Para poder movernos enseguida si pasaba algo. Pero, en realidad, durante los dos años que vivimos en aquel piso, ese «algo» no llegó a pasar, y simplemente vivimos con sencillez en un piso sencillo.
A los dos años, llegó el momento de renovar el contrato. Seguir o dejarlo. Después de pensarlo mucho, lo dejamos y alquilamos en Kioto un pequeño estudio, no para vivir, sino como trastero y oficina. Al mismo tiempo, nos construimos nuestra propia autocaravana y empezamos a vivir unas veces en el estudio, otras en la autocaravana y otras en hoteles. También era una forma de vida elegida para poder movernos en cualquier momento, pero nos sentaba muy bien. Podíamos vivir viajando en coche por todo Japón, el estudio nos servía para guardar nuestras cosas y los documentos importantes, y al no tener un piso grande, reducíamos los gastos fijos y podíamos destinar esa diferencia a hoteles y billetes de avión, así que íbamos con regularidad al sudeste asiático, a Europa y a Norteamérica. Entretanto, volvimos varias veces a Barcelona, llegó el momento de poder pedir el visado y, unos tres años y medio después de aquel primer verano de 2022, por fin pudimos empezar a vivir en Barcelona.
Solo con los trámites del visado ya estábamos agotados, pero el verdadero problema vino después. Como ya conté, en los 30 días siguientes a la aprobación hay que hacer la toma de huellas para la TIE, pero no había manera de conseguir cita. Además, desde una conexión japonesa no se podía acceder a la página de citas, así que me conectaba a una VPN española y abría la página cada día, con los nervios igual de inestables que la conexión. Por si fuera poco, en un plazo de tres meses teníamos que darnos de alta como autónomos, y para eso hacían falta una dirección y un número de teléfono en España. Después de hablarlo mucho, decidimos irnos a España enseguida. Entre los dos habíamos reducido nuestras cosas a lo que cabía en un coche, pero ni siquiera eso podíamos llevárnoslo todo. Como pudimos, lo metimos en una maleta y una bolsa de repuesto y, dejando de momento el estudio y la autocaravana tal como estaban, pusimos rumbo a Barcelona.
En el autobús que nos llevaba al aeropuerto desde el hotel cerca de Narita donde pasamos la noche anterior, al sacar el equipaje, el conductor tiró a la fuerza de la bolsa de repuesto y una de nuestras bolsas quedó hecha trizas. Arrastrando esa bolsa, envuelta vuelta tras vuelta en la cinta de carrocero que nos dieron a modo de compensación, y una maleta enorme, llegamos a Barcelona.
Había unas cuantas cosas que teníamos que hacer.
La primera, la toma de huellas para la TIE. Cuando llegamos a Barcelona, ya habían pasado 45 días desde la aprobación. Legalmente, ya estábamos fuera de plazo, pero por lo que nos habían contado amigos y lo que habíamos investigado por nuestra cuenta, nos repetíamos que no pasaría nada. Si empiezas a preocuparte por los detalles, las preocupaciones son prácticamente infinitas, así que no queda otra que decirse que, si casi todo el mundo (y casi toda la información) lo dice, no pasará nada, y seguir adelante. Por cierto, cuando llegamos a Barcelona todavía no teníamos cita para la toma de huellas.
La segunda, conseguir un número de teléfono y una dirección para darnos de alta como autónomos.
Lo del número de teléfono no me preocupaba demasiado, porque pensaba que bastaría con comprar una SIM de prepago en cualquier sitio. De hecho, entramos en una tienda cuyo cartel vimos por la calle, compramos sin problema una SIM de prepago y conseguimos un número. El problema era lo otro: la dirección.
Desde Japón habíamos buscado piso en Idealista y Spotahome (los grandes portales para buscar vivienda en España), pero aunque encontrábamos pisos con buenas condiciones y enviábamos mensajes, nunca recibíamos respuesta. Casi ningún propietario le alquila a extranjeros como nosotros, y encima sin ingresos en España. Al final no conseguimos encontrar nada desde Japón y llegamos a la conclusión de que ya nos las apañaríamos al llegar. Cuando aterrizamos en Barcelona, ni siquiera teníamos una cita para ver un piso.
Pensando que, en cuanto encontráramos casa, tendríamos que mudarnos de inmediato, reservamos primero una semana en un Airbnb y fuimos desde el aeropuerto de El Prat al alojamiento. Por el camino, cuando dejé escapar un «¿de verdad va a salir bien todo esto?», mi mujer me dijo: «No queda otra que sacarlo adelante». Yo miraba las calles de Barcelona pensando que, de algún modo, todo saldría bien, pero sentía una inquietud difusa ante un futuro que no alcanzaba a ver. Me parecía que su «no queda otra que sacarlo adelante» y mi «de algún modo saldrá bien» estaban, en esencia, desencajados, y eso volvía a hinchar mi inquietud. Bueno, de algún modo saldrá bien. Y si no sale, no quedará otra que sacarlo adelante. Pensando así, decidimos intentarlo. Nadie nos lo había pedido. La situación en la que estábamos la habíamos decidido nosotros. En la vida, cuanto más grande es la decisión, más se toma por el impulso del momento. Y dejarse llevar por ese impulso es lo mejor. Porque, cuanto más grande es la decisión, más fácil resulta encontrar motivos para no hacerlo, y cuanto más lo piensas, más tiendes a elegir no hacerlo.
Llevados por el impulso y espoleados por el texto de la carta de aprobación del visado, con nuestra bolsa envuelta en cinta de carrocero, empezó nuestra vida en Barcelona.