Sentado en un banco de Barcelona.

Sentado en un banco de Barcelona.

Hace un mes que llegué a Barcelona y dos semanas que empecé a vivir aquí. Me he sentado en un banco cerca de casa y, mientras miro distraído a la gente que pasa por delante de las tiendas, cerradas a cal y canto por ser domingo, simplemente tomo el sol. Desde antes de salir de Japón hasta hoy, las tareas no han dejado de amontonarse. Ya en Barcelona, agotado por la búsqueda de piso y los mil trámites para poder vivir aquí, a veces he sentido que lo que hacía para que mi vida avanzara, en realidad, la estaba haciendo retroceder. Por cierto, ¿por qué decidimos venir a una tierra tan lejos de Japón? Ahora que tengo un poco de margen, esa pregunta me asalta de pronto.

Esta semana ha venido a vernos a Barcelona una amiga de mi mujer. Entre la Golden Week japonesa (los festivos de principios de mayo) y otras circunstancias que coincidieron, ha podido cogerse unos diez días libres. Le pregunté por qué vienen a Barcelona tan pocos japoneses en comparación con otros lugares de Europa o con Estados Unidos, y me dijo que seguramente porque mucha gente tiene dinero, pero no tiene tiempo. Es verdad: aunque tengas cinco días libres, si vienes a Barcelona, a veinticuatro horas de viaje por trayecto, dos de esos días se te van en desplazamientos. Es natural pensar que mejor ir a algún sitio un poco más cerca. Entonces, ¿por qué vine yo a un lugar tan lejano?

Cuando iba a primaria, pegué en la pared, junto a la cama, un mapamundi que me había comprado mi madre, y lo miraba todas las noches antes de dormir. En aquel mapa, con Japón en el centro, Europa quedaba a la izquierda y América a la derecha, y alrededor se alineaban las banderas de los países del mundo. Cada noche salía de Japón y, recorriendo los países uno a uno como si caminara por ellos, soñaba con tierras lejanas. No sé por qué, pero cuanto más lejos de Japón, más me fascinaban. Me daba igual dónde. Quería ir, fuera como fuera, a algún lugar muy lejos de allí, donde nadie me conociera y yo no conociera a nadie, donde viviera gente distinta en su aspecto, en su cultura, en todo.

Por entonces, mi medio de transporte era la bicicleta. Saltarme los límites de la zona que marcaba el colegio, pedalear hasta donde la bici diera de sí y volver a casa cuando oscurecía: ese era mi placer secreto, en solitario. Si pudiera conducir, si pudiera subirme al shinkansen (el tren bala), si pudiera subirme a un avión... Pensando en eso, pedaleaba con todas mis fuerzas, llegaba lo más lejos posible y volvía cuando oscurecía. Han pasado unos veinte años desde aquellos días frente al mapamundi, y quizá sigo intentando vivir, todavía hoy, los días que imaginaba entonces.

Crucé el mar por primera vez para ir a Los Ángeles, y después visité Corea del Sur, China, Taiwán, Hong Kong, Tailandia, Vietnam, Singapur, Malasia, Laos, Filipinas, Australia, Canadá, México, Turquía, Croacia, Italia, Marruecos, España, Portugal, Francia, los Países Bajos, Alemania y el Reino Unido, y ahora estoy en Barcelona, en España. También he vivido en Canadá y en Australia. Pero allí, tarde o temprano, tenía que volver a Japón. Cada vez que volvía, reconstruía mi vida desde cero. Se me acababan los ahorros, buscaba trabajos por horas, compaginaba varios a la vez y salía adelante como podía, día a día. Puede que, en el fondo, eso no haya cambiado ni siquiera ahora.

En Barcelona se suceden días agradables, de clima mediterráneo en estado puro. Este clima es difícil de explicar con palabras; no lo entiendes hasta que lo sientes en tu propio cuerpo. Muy chill y, a la vez, muy potente. Dos cosas que en principio no deberían mezclarse, aquí se mezclan. Así lo siento yo. Al mismo tiempo que quiero no hacer nada, quiero hacer muchas más cosas. Al mismo tiempo que quiero quedarme en el banco tomando el sol para siempre, me entran ganas de correr junto al mar sin parar. Dándole vueltas a las cosas en un clima así, Japón empezó a parecerme muy lejano. No consigo recordar qué clase de persona era hace apenas treinta días. ¿Qué pensaba, qué me alegraba, qué era importante para mí hace treinta días? Cuanto más lo pienso, más disuelve esos pensamientos la luz del sol que cae a raudales. Es como si los billones de células de mi cuerpo se fueran sustituyendo por otras nuevas, empezando por las que ya se han puesto en marcha.

En el banco de tres plazas, dejando un asiento libre a mi izquierda, se sentó un hombre guapo, de aire fresco, que me dijo: ¡Hola! Yo le devolví el ¡Hola! con el ánimo barcelonés de siempre. Hace un rato, mientras miraba la calle, también había visto pasar a dos hombres cogidos de la mano. En esta ciudad es una escena de lo más normal. Desde mi izquierda percibo una especie de energía particular, amable y aguda a la vez. En estos casos, siempre acabo eligiendo una de dos opciones.

Responder a esa mirada y comentar algo como que hace buen día.

O bien fingir que no me he dado cuenta de nada y marcharme en cinco minutos o, como mucho, en ocho.

Hoy, no sé por qué, me apetecía más hablar conmigo mismo que con otra persona. Así que a los cinco minutos o así me levanté del banco y eché a andar. Todos con los que me cruzo sonríen. Familias, amigos, compañeros de trabajo. No sé con quién está cada uno, pero lo único que tienen en común es que todos parecen estar pasándolo bien. Ahora que lo pienso, en el lugar donde yo vivía en Japón se veían pocas sonrisas. No sé si era de verdad así o si el paisaje de Barcelona está reescribiendo mis recuerdos a su conveniencia. Pero recuerdo que en la calle había pocas sonrisas. La impresión, más bien, era sombría. Quizá, donde no se veía, había tantas sonrisas como en Barcelona. Aun así, tengo la sensación de que las caras de la gente eran sombrías. Que te chasquearan la lengua si chocabas con alguien entre la multitud, o que, si bajabas despacio por una escalera mecánica, alguien se te pegara a la espalda con cara de «vas lento, date prisa». Me parece que eran escenas frecuentes. ¿Qué clase de país es Japón, en realidad?

Barcelona es luminosa, sin más. La gente es de verdad amable y alegre. Los turistas mezclados con los vecinos también andan eufóricos, alegres. Me pregunto cómo podría uno ponerse triste en una ciudad hecha por gente así. Ahora que lo pienso, en estos treinta días no ha habido ni uno solo en el que me apeteciera quedarme encerrado en casa. Según la app Salud del iPhone, este mes llevo una media de 18.380 pasos al día. Los días de más, caminé más de 30.000, y alguna noche me dolían los pies. Pero a la mañana siguiente me despertaba con el sol entrando a raudales y, curiosamente, el dolor había desaparecido. A las once y media de la mañana, hoy ya he pasado de los 11.000 pasos. ¿Qué pasará hoy a partir de ahora? ¿Qué veré? Y ¿en qué pensaré hoy?

Hoy también ha empezado un día en Barcelona, tranquilo y ajetreado.

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