Con el visado de nómada digital, rumbo a Barcelona.

Con el visado de nómada digital, rumbo a Barcelona.

Me han concedido el visado de nómada digital para España. Aprobaron la documentación adicional y, de entrada, son tres años. Me invade una sensación extraña, una mezcla de la alegría y los nervios de empezar una vida nueva.

Conseguirlo ya fue duro, pero solo cuando la solicitud salió adelante me di cuenta de que, después, aún quedaba una montaña de cosas por hacer. Mientras rehago por completo el calendario de este año, pienso en lo que está por venir.

El visado lo tramité yo mismo. Encargárselo a un abogado de extranjería o a una gestoría cuesta bastante dinero, y aquella cantidad no era algo que yo pudiera pagar entonces.

Claro que, aunque se lo encargues a profesionales, los documentos los tienes que reunir tú. Aun así, poder ahorrarte los quebraderos de cabeza sobre el contenido de los papeles y los trámites no es poca cosa. Si uno puede permitirse gastar una buena suma, creo que es mejor encargarlo.

Como yo no podía, a cambio pasé un mes en Barcelona: fui en persona al ayuntamiento y a los bancos y avancé trámite a trámite, sorteando como podía un español que no entendía con una aplicación de traducción y con el inglés. Visto ahora, era una experiencia que necesitaba. Aquel mes me permitió comprobar con mis propios pies en qué zona quería vivir y qué clase de vida podía llevar aquí. También en ese sentido, me alegro de haberlo tramitado yo mismo.

Hace cuatro años, mi mujer y yo compramos un billete de vuelta al mundo de Star Alliance. Dejamos el trabajo que teníamos y la casa en la que vivíamos, metimos nuestras cosas en una sola mochila y recorrimos el mundo, con billete de ida, hasta donde pudimos llegar. Mientras íbamos pasando, uno a uno, por los lugares que siempre habíamos querido conocer, la ciudad en la que pensé «aquí quiero vivir» fue Barcelona.

Por entonces solo tenía las ganas; no alcanzaba a imaginar cómo podría llegar a vivir allí. Pensando en aquella ciudad lejana, al otro lado del mar, empecé a llevar una vida austera en Japón. También pensé en el visado de working holiday, pero un visado que se acaba al cabo de un año me parecía inevitablemente limitado, y al final me quedé en Japón.

Han pasado cuatro años desde entonces. Después de muchas cosas, por fin estoy en la línea de salida. Esto no ha hecho más que empezar, pero me alegro de corazón de haber seguido adelante sin rendirme.

Como viví unos años en países de habla inglesa, me defiendo un poco en inglés, pero de español no sé absolutamente nada. En la estancia del año pasado, aunque en muchas situaciones bastaba con el inglés, hubo también muchas otras en las que sentí que el español era imprescindible. Cuando me instale aquí, quiero estudiar español en serio.

Ahora tengo varios trabajos en Japón, pero, sinceramente, no sé si seguirán cuando traslade mi base a España. Aunque estos últimos años he vivido de forma más o menos nómada, en realidad era un ir y venir: unas semanas o unos meses en el extranjero y de vuelta a Japón, una y otra vez. Irse de Japón de verdad exige más preparación que nunca.

Dentro de Europa, España sigue estando entre los países más baratos, pero con el yen tan débil, ganando solo en yenes no me llega. Conseguir ingresos en euros como sea. Ese es, junto con el español, mi gran objetivo.

Cuando empiezas a vivir en un entorno nuevo, cambian muchas de las cosas de antes. A veces consigues lo que no tenías y a veces pierdes lo que tenías. Quizá por eso las personas temen el cambio y tratan de rechazarlo. Pero si solo cargas con la inquietud, no te mueves.

A cualquier edad, si no te atreves con cosas nuevas, dejas de crecer. Precisamente porque es lo que he sentido a lo largo de mi vida, aunque tengo miedo, quiero seguir adelante con una esperanza más grande que ese miedo.

Mientras estaba en Japón, además del visado, también fundé una empresa. Creo que fue uno de los mayores preparativos que podía hacer en ese momento. Siento que, entre el antes y el después de tener una empresa, ha ido cambiando mi forma de pensar sobre todo: el trabajo, el dinero, las relaciones, la vida.

Y así, cruzando el mar, llegué a Barcelona.

Justo después de conseguir el visado vine con optimismo, pensando «¡quiero mudarme cuanto antes!». Pero la realidad es que la complejidad (y la dejadez) de los trámites de la administración española me desgasta cada día.

Una vez obtenido el visado de nómada digital, la ley dice que hay que solicitar la TIE (tarjeta de identidad de extranjero) en un plazo de 30 días. En la práctica, eso es casi imposible. Para empezar, no hay manera de conseguir cita por internet. Lo intentas todos los días y nunca se abre un hueco.

Sin esta tarjeta, en España no puedes hacer nada. Ni contratar una SIM, ni abrir una cuenta bancaria de residente, ni siquiera salir del país.

Además, para obtener la TIE se exige el empadronamiento (algo parecido al registro de residencia japonés). Y encontrar en Barcelona un piso en el que poder empadronarse ya es, de por sí, complicado.

Según datos de Idealista, incluso por un piso de unos 2.000 euros al mes se presentan más de 60 interesados por anuncio; las citas para visitarlo se llenan a los pocos minutos de publicarse y se alquila en un abrir y cerrar de ojos. Buscando desde Japón en Idealista y portales parecidos, llegar a firmar un contrato es prácticamente imposible.

En España hay una ley que limita de forma estricta las subidas del alquiler en los contratos de larga duración (la Ley de Vivienda, Ley 12/2023), y cada vez más propietarios, para esquivarla, alquilan con contratos de temporada. En los pisos con contrato de temporada, casi nunca es posible empadronarse. Por si fuera poco, si llamas para preguntar por un piso recién publicado y no hablas en español, te cuelgan. Para nosotros, que no hablamos español, era un muro imposible de salvar.

En resumen: para la TIE hace falta el empadronamiento. Para empadronarte hace falta un piso. Y ese piso no hay forma de alquilarlo.

Para hacer A necesitas B, pero para hacer B necesitas A. Eso era España.

Aun así, no me rendí. Exprimí al máximo la investigación a fondo con IA y contacté con todas y cada una de las empresas que ayudan a buscar piso sobre el terreno. Pedí ayuda a las pocas que me respondieron, pasé los días en la ciudad esperando avisos de visitas y, llegando antes que nadie, recorrí siete pisos. Por fin, con suerte, conseguimos firmar un contrato.

Con el yen como está, cada pago al servicio de ayuda y cada alquiler me dejan de piedra, pero parece que, de un modo u otro, podremos empezar a vivir en Barcelona. (Aunque todavía vamos de Airbnb en Airbnb).

Además, el alta como autónomo y los trámites de la Seguridad Social, de los que depende la renovación del visado, son de una complejidad desesperante. El contable, el abogado de extranjería y el banco dicen cada uno una cosa distinta, y no hay manera de saber qué es lo correcto. También aquí, para A necesitas B y para B necesitas A. Este bucle a la española sigue vivito y coleando.

Aun así, cuando me da el sol de Barcelona, ya con el horario de verano, curiosamente se me olvida todo. Un año más ha llegado la temporada turística a Europa. No puedo volver a Japón (he cancelado todos mis planes allí para mayo), pero mañana, por fin, empezaremos a vivir como podamos, con el piso nuevo como base.

El día en que pueda disfrutar de verdad de la alegría de los españoles con los que me cruzo por la calle todavía queda un poco lejos.

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